EL CASO DEL FALSIFICADOR DE TOALLAS (y 2)

SEGUNDA PARTE
 
 
    La playa era triste y deprimente, o sea que desistí de bajar a ella ningún día en caso de que se prolongara nuestra estancia en el hotel. La verdad, quería que se solucionase pronto para perder de vista al director y a las playas de Brighton. Me quedaría sin usar el parasol, el pato de goma, el flotador, y las playeras que compré a última hora con gran enfado de Harold… Pensando en esto, nos topamos con la señorita Violet Rosemund Spence, que se encaminaba hacia la playa cargada con una bolsa más grande que ella.
    –¿Su madre no la acompaña? –preguntó Harold, tras saludarla cortés.
    –No, mamá debe hacer dieta y está acostada –repuso la chica, sonrojándose y andando a saltitos se fue playa abajo.
    –Extraña manera de adelgazar si está acostada –dijo Harold, contemplando la pálida y escuálida silueta de Violet Rosemund entre otros bañistas.
    –Seguro que se estará zampando más bombones y poniéndose más gorda, como dice el director Ronson… –dije lúgubremente–. Se hundirá la cama y hasta el suelo de su habitación…
    –No seas ordinario –me riñó Harold–. Ya bastante que lo es Ronson.
    Mientras contemplábamos la playa y la gente, Harold empezó a trazar ideas para resolver el caso. Lo principal era entrar en las habitaciones de los huéspedes, para descubrir posibles pistas. Para ello ideó provocar un simulacro de incendio y mientras todos los huéspedes abandonaban las habitaciones, entrar en ellas. Fuimos a hablarlo con Ronson, pero el director se negó en redondo: si Harold quería investigar, que se esperase a que los huéspedes salieran de las habitaciones de manera normal para bajar a comer o lo que fuera. Nada de causar alarma con incendios. ¿Y un simulacro de alarma, para entrenarse y eso? Pues no, contestó: el simulacro se había llevado a cabo el jueves pasado, precisamente, y causó muchas molestias (los recién casados se negaron a dejar la habitración; los políticos se negaron a dejar sus carteras con documentos en las habitaciones; la gorda se negó a dejar la cama, etc. etc. etc. etc.), y no estaba dispuesto a repetirlo.
    ¿A qué horas desocupaban los huéspedes las habitaciones?, inquirió Harold, bastante negro ya. Pues, mire, señor Smith, le dijo el director, los recién casados llevan diez días sin salir ni para comer: les dejan bandejas, las recogen y las devuelven vacías; dato por el que se supone que siguen vivos aún. Las de los políticos son inviolables porque son políticos y por encima de toda sospecha. Harold ya estaba para entonces renegando en sánscrito. Quitando eso, el señor Smith era libre de registrar la de Cleese, Waters y la gorda y la flaca, aunque la gorda era imprevisible en sus salidas, dependía de si podía levantarse sola de la cama o había que llamar a la grúa municipal, cosa que no había ocurrido todavía, pero estábamos en ello.
    Harold se negó a registrar las del actor porque era fan suyo. Esperó a que Waters estuviera abajo en el restaurante comiendo y nos colamos en la suya. Total, lo único que había eran muestras comerciales de los productos que represzentaba y un librito de chistes cochinos para contar a los clientes antes de enseñar catálogos y muestras.
    Nos quedaba la habitación de las dos Spence.
    –Este Ronson me tiene ya frito –dijo Harold–. Me voy a sincerar con esas señoras Spence. Si se lo pido con educación, es posible que me dejen entrar sin más para echar un vistazo.
    Llamamos a la habitación. La hija aún no había vuelto de la playa, intentando que el escaso sol de Brighton le quitara la palidez y la escualidez que tenía, y la madre debía de seguir en la cama atracándose de bombones, según su dieta…
    –¿Quién es? –la oímos preguntar.
    –Señora Spence, soy el detective del hotel –dijo Harold, faltando más o menos a la verdad–. ¿Me permite pasar un momento?
    –No puedo levantarme de la cama, señor detective. He comido demasiados bombones, me temo… Si pueden esperar a que Violet Rosemund vuelva de la playa…
    –Oh, sí, claro. Esperaremos.
    Volvimos a nuestra habitación. Yo me sentía preocupado.
    –A ver si le va a pasar algo a la gord… a la señora Spence –dije–. Su hija es un poco inconsciente al dejarla sola así, sabiendo que se atraca de bombones en vez de seguir la dieta.
    –Tienes razón, Diógenes. Esa chica es una tranquila yéndose a la playa sin pensar que su madre puede caerse de la cama al intentar incorporarse. Una señora tan voluminosamente gorda puede sufrir un grave percance si no puede levantarse al caer…
    –¿Se lo decimos al director?
    –Ni hablar. Yo con ése sólo quiero hablar ya cuando le presente el caso resuelto junto con la factura. Es mejor hablar con el encargado del servicio de habitaciones.
    Fuimos en busca del encargado. Trevor, que así se llamaba, resultó que recordaba a la señora Gladys Spence de otros tiempos. Nos contó que era viuda de un antiguo cliente del hotel y que había venido alguna vez de vacaciones con su marido. En ese tiempo, era una mujer muy guapa y tan esbelta como una actriz de cine, dijo, pero por lo visto al enviudar debió de abandonarse y se dedicó a comer como un elefante. Menos mal que no le dio por la bebida, añadió.
    –Pese a todo, se conserva guapa –dijo–. Es lo que tienen las mujeres gordas, que muchas de ellas son guapas de cara. La señora Spence siguen tan guapa como siempre, aunque parezca el elefante del circo… Pobre mujer, pensar que su…
    –La pobre mujer puede tener un accidente –le  interrumpió Harold, porque el tipo no callaba–. Dice que no puede levantarse de la cama y me preocupa que tenga un accidente. Ya me da lo mismo registrar o no su habitación, lo que quiero es asegurarme de que no corre peligro o le pase algo.
    Trevor estuvo de acuerdo. Tomó la llave maestra y nos acompañó hasta la habitación de las Spence.
    –No se asuste, señora Spence –dijo Harold, llamando suavemente a la puerta–. Vamos a abrir con la llave maestra para asegurarnos de que usted está bien.
    –¡No! –gritó–. ¡No entren!… ¡Estoy desnuda!
    –Vaya espectáculo debe de ser –murmuré espantado.
    –Bien, échese una bata por encima, y entramos.
    Aguardamos. Aguardamos. Y aguardamos. Dentro de la habitación se oían unos bufidos muy extraños. Nos alarmamos un poco.
    –Algo le pasa a la señora Spence –dijo el encargado.
    –Está bien, abra –ordenó mi jefe–. Puede haber caído y rodado al suelo al intentar ponerse la bata, y ser incapaz de levantarse. Es justo lo que me temía le pasara. Rápido, abra.
    –Cerremos los ojos para no ver su desnudez –propuse yo virtuosamente. La verdad es que la idea de ver todo aquel montón inmenso de carne desparramada por el suelo me tenía bastante horrorizado.
    El encargado metió la llave maestra en la cerradura, giró, empujó, la puerta se abrió, y…
    Un grito de terror. Un silencio mortal. Allí, parados en el umbral, permanecimos mirando el espetáculo de la señora Gladys Spence.
    –Señora Spence –dijo Harold, gravemente–. ¿Sería tan amable de explicarnos qué hace usted envolviéndose con toda esa cantidad de toallas?
    En aquel momento llegaba Violet Rosemund de la playa. Nos vio ante la puerta abierta de la habitación, y chilló aterrada.
   
    Debe quedar claro que Harold protegió en todo momento a las dos Spence, madre e hija, de las iras del director Ronson al enterarse éste de la verdad. Harold le mantuvo a raya e incluso tuvo que sujetarle con energía cuando se abalanzó sobre el estilizado cuello de cisne de Gladys Spence. Cuando llegó la policía de la localidad, no tanto para detener a las Spence como para protegerlas de ser asesinadas por Ronson, Harold llamó a un viejo compañero de estudios suyo y de Laurence Jameson, llamado Donald French, que era ahora un famoso abogado, para que llevara la defensa de las Spence. El abogado acudió de inmediato.
    Gladys Spence no era ni mucho menos la gorda voluminosa que fingía ser. Siempre aparecía en público vestida con una túnica que le llegaba desde la barbilla  hasta el suelo, y lo iba barriendo al andar, lo que en principio debería alegrar a Ronson, pues le ahorraba pasar el aspirador por las alfombras del hotel, y eso le servía para ocultar la cantidad de toallas que iban enrolladas alrededor de su cuerpo, sujetas con cuerdas. Salía de la habitación con las toallas falsificadas bajo la túnica, que llevaban bordado el anagrama de las verdaderas, tarea que averiguamos realizaba la hija por las tardes y las noches, y volvía luego envuelta en las verdaderas. La hija se colaba por el ventanuco estrecho que había en el cuarto de las toallas, y que daba a la parte posterior del hotel, donde estaba fuera de la vista de la gente. Echando por el ventanuco varias toallas, la hija saltaba gracias a su escuálida (y pálida) figura, aterrizando sobre las toallas falsificadas que habían echado para que no se hiciera daño al caer; Violet Rosemund las ponía a continuación en lugar de las verdaderas, y con la ayuda de unas cuerdas, las ataba en paquetes y las subían a través del ventanuco. Gladys Spence se las arrollaba al cuerpo, se las ataba, se ponía otra vez la túnica y con una cuerda ayudaba a subir a la pálida y escuálida Violet Rosemund.
    Las toallas verdaderas eran sacadas discretamente en la bolsa que la pálida y escuálida Violet Rosemund se llevaba a la playa. Allí eran recogidas por el novio de Violet Rosemund, llevadas a Londres y vendidas en una parada de mercadillo de la hermana del novio de la pálida y escuálida.
    –Y con los ingresos por la venta de toallas completaba la exigua pensión que mi marido dejó al morir –dijo la señora Spence. De todas maneras, la participación de la hija tuvo que ser deducida por Harold, pues la madre negó que la hija tuviera conocimiento de nada de lo ocurrido: sostenía que actuó sin cómplices.
    Gladys Spence, que ahora lucía su esbelta figura sin complejos, era la admiración de todo el personal del hotel, especialmente el masculino, que con cualquier excusa entraba en la habitación donde tenía lugar el interrogatorio y la piropeaban sin reparos ante la furia de Ronson. Gladys Spence agradecía los piropos con una sonrisa. Las camareras y doncellas también entraban para preguntarle secretos de belleza y cómo lo hacía para conservarse tan bien y tener ese cuerpo tan bonito a su edad (48 años). Ronson caía entonces al suelo víctima casi de una apoplejía, la señora Spence sonreía y explicaba que dieta sana y un poco de ejercicio, Donnald French, el abogado defensor llamado por Harold, no sabía si defenderla o ligársela y yo la miraba embobado. John Cleese se acercó a preguntarle si le gustaría trabajar en el cine como sex symbol.
    –Mi marido murió en este hotel a consecuencia de una indigestión producida por una lata de conservas en malas condiciones que le sirvió ese miserable de Ronson. –Todos en la habitación miraron a Ronson con infinito odio–. Ronson dijo que no era cierto, que la lata estaba en buenas condiciones, y entonces la cogió, la hizo desaparecer y en su lugar puso otra que estaba bien. Como resultado de esto, no pude cobrar el seguro de vida que había suscrito mi marido, porque me acusaron de querer estafar a la compañía fingiendo una negligencia por parte del director del hotel. Incluso amenazaron con demandarme por inventarme lo de la lata. En fin, me redujeron la pensión de viudedad. Y decidí vengarme. Le quitaría sus preciadas toallas, símbolo del hotel y se las cambiaría por toallas cutres que parecieran auténticas. Lo hice toda yo sola. Mi hija y mi futuro yerno no han tenido nada que ver en eso, no sabían nada. Yo asumo toda la culpa.
    –¡Mama! –sollozó la hija.
    –¡Futura suegra! –lloró el futuro yerno.
    –¡A la cárcel todos! –bramó Ronson–. ¡Cadena perpetua! ¡Pena de muerte! ¡Horca! ¡Silla eléctrica! ¡Descuartizamiento para madre e hija!
    Cleese seguía tomando notas. Todos los empleados del hotel abrazaron a la señora Spence. Harold se despidió de ella besándole la mano, como un caballero.
    En el viaje de vuelta a Londres, Harold estaba callado y con cara algo triste.
    –De verdad te digo –me dijo cuando ya el tren estaba entrando en la estación– que hubiera preferido no resolver este caso. Si llego a sospechar que eran las Spence, y los motivos que tenían para… Oh, ya sé que soy detective privado y me habían contratado para descubrir al falsificador de tollas, pero… No estoy contento, Diógenes, no lo estoy.
    –No se apure, jefe. No creo que les caiga una condena demasiado grave, por mucho que chille Ronson.
    –Así lo espero. Donald ya se encargará de ello. Me ha dicho que no les pasará minuta, queda como un favor entre amigos, y cuando necesite un detective para algún caso que defienda, me llamará para compensarlo. Buscará martingalas para que salgan con la pena mínima, porque absolverlas no creo que sea posible, claro…
   
    Por supuesto, Harold, Trevor ( o sea, el encargado del servicio de habitaciones) y yo fuimos llamados a declarar por el fiscal en el juicio que se hizo contra la señora Spence. Harold declaró casi telegráficamente y con poco entusiasmo. French rehuso contrainterrogar. A continuación, Trevor dijo que había perdido la memoria durante un bombardeo en la Segunda Guerra Mundial y no recordaba nada; el fiscal le dijo que de eso ya hacía más de veinte años. “¡Cómo pasa el tiempo!”, exclamó Trevor, sorprendido. El fiscal le amenazó por perjurio y entonces se levantó Donald French y dijo que el encargado y su defendida se habían casado en secreto ayer mismo y por tanto no podían declarar uno contra otro. Ronson aulló de ira. Luego subí yo a declarar y dije la verdad: que había cerrado los ojos al abrir Trevor la puerta de la habitación de la Spence para no ver desnuda a la señora Gladys Spence. Ronson gritó: “¡Mentira! ¡No estaba desnuda porque la pillaron envuelta con las toallas!”. Me enfadé porque me llamara mentiroso, y dije que yo era mudo, ciego y sordo de nacimiento desde que me caí de la cuna a los tres años. Ronson rugió, el fiscal protestó y el juez sufrió un extraño ataque de tos. Donald French procedió al contrainterrogatorio y, posando una mano sobre mi hombro, dijo en un tono melodramático que les llegó a todos al alma: “Caballeros, como dijo el gran Marx: aquí donde le ven, parece idiota, se comporta como un idiota y habla como un idiota; pero no se llamen a engaño: es idiota”. Ronson se levantó gritándole al abogado: “¡Comunista!”. El juez le gritó a Ronson: “¡Ignorante! ¡No es ese Marx, es el otro!”, y le puso una multa, pero no sé si por ignorante o por alborotar tantas veces.
    No acabó mal la cosa para Gladys y Violet Rosemund Spence. French hizo un discurso final espectacular. Dijo que sólo podían considerarse falsificados “objetos de un alto valor artístico y crematístico incuestionable” (las toallas no lo eran, y narró de una manera muy gráfica y algo desagradable para qué se usaban, provocando algunas náuseas entre las mujeres del jurado); aseguró luego que la señora Spence sufría de “cleptomanía obnubilada premenopáusica aleatoria” debido a su inesperada y dramática viudez, la cual le había ocasionado “trastornos traumáticos mentales transitorios, angustia vital y pérdida del sentido de la realidad”, aportando como prueba de ello varios certificados médicos (firmados por el médico personal de Harold, el de Laurence Jameson, el del propio French, el de Trevor y el de la supervisora de camareras y doncellas del hotel, además del de un médico que había entre el público de la sala, y que quedó tan impresionado que quiso extender también un certificado de lo que fuera); añadió que ni la hija ni el futuro yerno podían declarar contra su madre y futura suegra porque iba contra la ley (el juez se disponía a preguntar extrañado que contra qué ley, pero ante el rugido de furia de Ronson tuvo que amonestarle por enésima vez y se le olvidó lo que acababa de decir el abogado); terminó diciendo que la hija y el futuro yerno estaban bajo el poder hipnótico de la madre y futura suegra y no sabían ni recordaban ni recordarían nunca lo que había ocurrido en el hotel aquellos días. Al oír esto, el director Ronson explotó de furia y se lanzó al cuello de French para estrangularle, babeando como un poseso. Trató de agredir a los guardias que le sujetaron, al alguacil que se dispuso a encerrarle por alterar el orden y al juez por la multa que le puso. Al salir pedía que, al menos, le dejaran agredir a algún miembro del jurado para que no olvidara su obligación de condenar a muerte a la señora Spence (John Cleese iba tomando notas entre el público de todo aquello).
    El veredicto del juez absolvió a la hija y al futuro yerno, y condenó a la señora Gladys Spence a dos meses de estancia en un balneario para reponer su quebrada salud mental, con la severa advertencia de que un policía jubilado de la localidad acudiría en su silla de ruedas semanalmente al balneario a fin de dar fe de que la señora Spence no se había fugado. Al director Ronson le puso una multa tan fuerte por escandalos varios durante el jucio, que tuvo que vender parte del hotel para pagarla. Tiempo más tarde me enteré por una conversación telefónica entre Harold y Donald French que la multa sirvió para pagar la estancia de los Spence y el futuro yerno en el balneario.
    A Harold y a mí nos gustó ese veredicto. Y Harold sonrió contento el día en que recibió  una postal de Gladys Spence desde el balneario, que empezaba diciendo “Querido señor Smith” y terminaba con “Afectuosamente, su amiga Gladys”.
 
FIN.
 
   

 

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Acerca de jcplanells3

Escritor. Barcelona, 1950. Véase en el epígrafe "bibliografía" de este blogzine la relación de mis trabajos publicados en papel: novelas, relatos y otros textos, así como en algunos sites de internet. Véase en el epígrafe "índices" del blog lo publicado en este blog, en los apartados de "artículos y ensayos" y "narrativa", desde diciembre de 2005.
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