Capítulo 14:
Cómo se aprovechaban las traducciones antiguas
En entregas anteriores de esta serie he distinguido los tres períodos de la edición en España de ciencia ficción. Un primer período que se iniciaría en 1950 y acabaría en 1974 (es decir, desde el nacimiento de Nebulae hasta el final de todas las colecciones coetáneas suyas); un segundo período, desde 1975 hasta 1992-1993 (o sea, desde Acervo hasta el cierre de Ultramar y Júcar aproximadamente), y un tercer período, el actual, que arrancaría desde finales de la década de 1990 y hasta el momento actual. Las fechas, desde luego, pueden diferir más o menos, o solaparse, pero creo que están bastante claras.
Durante la segunda etapa se reeditaron muchas obras de la primera, lo mismo que ahora se reeditan muchas de la segunda, es algo lógico. En dicha segunda etapa, si bien es la más cercana, aún no existían las leyes del copyright que protegen la traducción de una obra extranjera, con lo cual una traducción anterior se podía aprovechar (y se hacía, más o menos) con total impunidad. Ahora debe pedirse permiso al titular del copyright, o bien al editor que posee la traducción, que a su vez pagará al traductor (esto no quiere decir que no se siga haciendo trampa… Trampas se harán siempre que se pueda y cuando no se pueda también…).
Sucedía en esa segunda etapa que muchas de las reediciones se hicieron aprovechando la antigua traducción, pero se revisaba un poco (o no) para actualizarla ortográfica o costumbrísticamente, aparte de echarle un vistazo al original, por si faltaban fragmentos (casi siempre faltaban fragmentos en las viejas ediciones de Nebulae: en Marciano vete a casa, de Brown, faltaba todo un capítulo por razones de censura de la época). Esta tarea la realizaba la propia editorial de manera anónima, y para ello se creó un seudónimo, M. Blanco, usando también en otros sellos editoriales. Se ha dicho que “M. Blanco” significa “Mirlo Blanco”, aunque no doy fe de ello. Recientemente se ha dicho también que es un nombre registrado, sin aportar pruebas. Tampoco doy fe de ello. En todo caso, con el tiempo se ha asumido que cualquier traducción firmada como “M. Blanco”, “F. Blanco” o “Francisco Blanco” es simplemente una traducción anterior algo revisada (o no). Esto era aplicable también a relatos que se ofrecían en revistas y antologías.
Al aparecer el copyright de traducción esto se fue un poquito a paseo. Sólo un poquito. Porque ocurría, y ocurre, que un traductor (y un editor también) que debía traducir o editar una obra de la que existía una traducción anterior (a veces competente), con el fin de ahorrarse trabajo (y dinero), tomaba (y toma) la traducción anterior y adoptando la precaución de cambiar los inicios de párrafos y una de cada cinco palabras, la cuela como propia (o como nueva). Así, ante un juez no se puede demostrar que es la misma traducción, pero en realidad sí lo es: haciendo trampa descaradamente se hace pasar como nuevo lo que no es sino manipulación de lo viejo. Esto se ha practicado no sólo en la ciencia ficción, claro, sino en todos los campos literarios con notable desfachatez. Incluso hay quien prologa estas obras haciendo alardes de “gran rigor en la traducción”, cuando comparando con otra… No hace mucho, ha habido un caso de éstos, que por pertenecer a la tercera etapa se silencian los nombres de los implicados. En fin…
En la segunda etapa hubo editores y/o traductores que en ocasiones traducían de la versión francesa en vez del original inglés, a fin de ganar tiempo y ahorrarse trabajo. A veces, al menos, cotejaban francés e inglés para afinar más. No nos escandalicemos: a principios de siglo, las novelas rusas (Tolstoi, Dostoievski…) muchas veces eran traducidas de sus versiones francesas (fieles o infieles, íntegras o expurgadas) porque no existían traductores de ruso. Todavía hoy algunas obras en lenguas que carecen de traductores profesionales o competentes deben ser traducidas del francés o del italiano. Cierto grupo asteroidal lo ha hecho en ocasiones con obras polacas, checas o incluso de un autor egipcio muy notable…
Por tanto, en la tercera etapa o tiempos del copyright de traducción, algunos traductores sin muchos escrúpulos adoptan soluciones por el estilo: se hace pasar una traducción muy antigua como propia a base de copiarla y modificando algunas palabras y los primeros párrafos. No sólo en ciencia ficción: cuántos clásicos corren en ediciones caras y con “nueva traducción”, que en realidad es la misma que se puede encontrar en las obras completas del autor publicadas en su día por la editorial Aguilar. Claro, traducir un Dickens entero de 600 páginas da mucha pereza, así que… Y como ni Aguilar ni el traductor pueden ya quejarse…
Todo este cúmulo de tropelías de la segunda época e inicios de la tercera ha tenido como consecuencia que los editores del tercer período (como ya dije, casi todos ellos surgidos del mundo del fándom) se hayan vuelto exageradamente puntillosos al respecto, y desconfíen de viejas traducciones, con lo cual a la hora de reeditar una obra de la segunda o primra etapa, no siempre se aproveche la traducción anterior, o, de hacerlo por merecer confianza, se somete a una exhaustiva revisión y cotejo. Pero a veces el remedio puede ser peor que la enfermedad…
(Inciso: ¿saben que los correctores literarios y los correctores de galeradas de la mayoría de editoriales trabajan sin el original inglés al lado? Pues así es. Hay grandes anécdotas al respecto, como la de cierta novela creo que italiana, publicada por Destino en los años 1990, que estuvo a punto de aparecer sin dos de sus capítulos porque el traductor se los había saltado y el corrector literario no se había dado cuenta por no cotejar nada.)
No quiero decir con todo esto que las traducciones actuales sean mejores que las anteriores. Lo mismo que antes las había buenas y malas, ahora ocurre lo mismo, sólo que a veces se quiere hacer pasar lo mediocre por excelente y alardear de mejoras inexistentes en algunos casos. Ahora, en muchos editores de la tercera etapa, hay más responsabilidad, menos frivolidad. Incluso cuando se compra una buena traducción anterior, se somete a rigurosa revisión (y hay quien no pudiendo pagar el dinero de la antigua, que era correcta, la hace traducir de nuevo por un traductor que le sale más barato que comprar esa buena traducción antigua, y es entonces cuando se empeora lo que estaba bien… Si el traductor al que le pagan tan poco no es tonto, toma la antigua y la hace pasar como suya haciendo ver que cambia cosas… Y si no le pillan, tan contento).
Un mal de nuevo cuño es el de que los traductores, conscientes de que conservan sus derechos de traducción, y de que existe un pirateo de traducciones (a veces vía internet) han decidido tomar sus medidas. Esas medidas se llaman “poner morcillas” en la traducción. Y esto es peligroso además de totalmente ilegal. O alegal, como prefieran.
No hace mucho se descubrió que un editor había colado como suya una traducción fusilada (robada, vaya) de internet hecha por otra persona. Y se descubrió gracias a una morcilla inventada por el traductor original, reproducida por el chorizo. Bien, pero eso es como digo muy mal sistema, y es que una cosa es adoptar soluciones de traductor en lo relativo a nombres, lugares geográficos, etc., y otra añadir texto, cambiar texto, alterar texto para crear la “morcilla”. Un ejemplo: recientemente el revisor de una traducción advirtió una frase que le extrañó mucho por incongruente, y que al cotejar con el original, no aparecía en ella; consultó con el editor, para ver qué era aquello y de dónde surgía; el editor consultó con el traductor, y éste le dijo tan tranquilamente que ésa era la morcilla “para cuando me plagien la traducción”.
Ah, caramba.
Pero, a ver: ese traductor, ¿es un ingenuo, un ignorante, un irresponsable o un idiota? No se puede añadir así porque sí texto a un original que traduces, no hay excusa alguna para ello. Da lo mismo si es un texto de William Shakespeare o de Barbara Cartland. Si el autor lo sabe o lo descubre o se entera porque se lo dice el editor, está en su pleno derecho de exigir rectiicaciones o incluso una traducción nueva y rechazar la efectuada por el mequetrefe perpetrador de morcillas, que para eso se firma un contrado con un agente que está al quite. Hacer eso supone un cachondeo total hacia el propio trabajo y el del original del que se parte. Y no entro en lo de “para cuando me plagien la traducción”, porque es ya sencillamente de ilusos.
Y estas memeces ocurren porque muchos editores trabajan con traductores aficionados, incompetentes, sin idea de respeto al autor y texto original (que sea una “mala novela” no es excusa para faltarle al respeto), con un sentido de la profesionalidad surgido de la entrepierna. Que traducen más con ganas que con la cabeza, por decirlo de otra manera. No sé ni deseo saber cómo acabó el tema de esta morcilla en concreto. Y lo lamentable es, como supe hace poco, que la mayoría de editores ignoran el asunto del “morcilleo”. Esto daría como cosecuencia que cuando algún día se estudie un texto y se comparen traducciones, o la traducción con el original, el estudioso de turno se vuelva chiflado al encontrar morcillas (o peor: que culpe de ellas al autor). Por vulgares erratas de texto en galeradas he visto yo disquisiciones realmente asombrosas en una pésima edición de Cátedra de la novela La familia de León Roch de Galdós. Y aunque diga cierto individuo eso de que “la ciencia ficción no es literatura” (debe ser música dodecafónica, o pinturas rupestres, y nadie se había dado cuenta aún), se merece el mismo respeto que cualquier otro texto literario; incluso hay quienes se dedican a estudiarla, y se merecen también ese respeto que los enteradillos le niegan.
En resumen, a tiempos nuevos y problemas editoriales nuevos, soluciones nuevas y problemas nuevos. De los copiadores/plagiadores hemos pasado a los morcilleros. En todo caso, está claro que buenos traductores los hay y los ha habido siempre, y los seguirá habiendo. Lo lamentable es que la mejora editorial se ha acompañado de una clara irresponsabilidad en muchos frentes. Ésa es la diferencia o cambio de ayer a hoy.
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Sí, hay quienes se dedican a estudiar traducción. Va una clase gratis:
En efecto, quien crea que es posible hacer pasar por propia una traducción ajena es un ingenuo. El estilo de un traductor es inconfundible: se nota en el vocabulario que usa, en su forma de plegarse a la sintaxis del original o desviarse de ella, en los localismos, en la puntuación y, sobre todo, en los errores. En la vida real, los lingüistas no son capaces de identificar el idioma y el dialecto de cualquier inscripción encontrada en una excavación arqueológica y saber qué pone, pero cualquier lingüista, y puede que cualquier otra persona que se tome el trabajo, es perfectamente capaz de distinguir dos estilos. Veámoslo con un ejercicio sencillo. Ya que en el artículo se menciona Martians, Go Home!, de Fredric Brown, observaremos la solución que han encontrado tres traductores distintos para el mismo párrafo:
The case of Luke Devereaux, upon which a monograph was later written by Dr. Ellicott H. Snyder (psychiatrist and proprietor of the Snyder Foundation, the asylum for the mentally deranged to which Luke was committed), was probably unique. At least no other case has been authenticated by a reputable alienist in which the patient could both see and hear perfectly but could neither see nor hear Martians.
Original
1) El caso de Luke Deveraux, sobre el que más tarde escribió una monografía el doctor Ellicot H. Snyder (psiquiatra y propietario de la Fundación Snyder, el sanatorio mental a que fue enviado Luke), fue probablemente único. Al menos no se conoce ningún otro caso, testificado por un reputado alienista en el que el paciente pudiera ver y oír a la perfección, y no captar la presencia de los marcianos.
F. Blanco (Hyspamérica Ediciones)
2) El caso de Luke Devereaux, sobre el que más tarde escribiría una monografía el doctor Ellicott H. Snyder (psiquiatra y propietario de la Fundación Snyder, el asilo para enfermos mentales en el que Luke estaba internado), era probablemente único. Al menos ningún otro caso en el que el paciente pudiera ver y oír perfectamente, pero no pudiera ver ni oír a los marcianos, había sido confirmado por ningún alienista acreditado.
Luis G. Prado (Bibliópolis)
3) El caso de Luke Deveraux, tratado con posterioridad en un ensayo escrito por el doctor Ellicott H. Snyder (psicólogo y propietario de la Fundación Snyder, el sanatorio para enfermos mentales donde internaron a Luke) era único, con toda probabilidad. Por lo menos, ningún otro psiquiatra respetable documentó ningún caso en que el paciente pudiera ver y oír a la perfección pero no viera ni oyera a los marcianos.
Jesús Gómez (Gigamesh)
Ahora, el ejercicio. A continuación, otro párrafo del mismo libro, traducido por los tres traductores antes mencionados. ¿Podéis deducir a quién pertenece cada traducción? Haced la prueba; no es tan difícil. Al final pongo la solución.
"Luke and I talked it over last night, after he told me he’d definitely finish the novel today. He says he’s perfectly willing to stay here on two conditions. One, that I take off work for that week too. And the other, that the lock be taken off his door so he can have the run of the grounds. He says he’d as soon rest here as anywhere else provided he didn’t feel shut in and he said we could consider it a second honeymoon if I didn’t have to work either."
Original
a) —Luke y yo hablamos anoche sobre esto, después de que me dijera que estaba seguro de que terminaría la novela hoy. Dice que está perfectamente dispuesto a quedarse aquí con dos condiciones. Una, que yo me tome unas vacaciones de una semana también. Y la otra, que se quite el cerrojo de su puerta para que pueda pasear libremente por el asilo. Dice que le da lo mismo descansar aquí que en cualquier otro sitio, mientras que no se sienta encerrado, y dijo que podríamos considerarlo como una segunda luna de miel si yo tampoco tuviera que trabajar.
b) —Luke y yo estuvimos hablando anoche, cuando me dijo que hoy terminaría la novela. Está dispuesto a seguir aquí, pero con dos condiciones. La primera, que yo también me tome esa semana de vacaciones, y la segunda, que se retire el sistema de seguridad de su puerta, para que pueda salir a pasear por el jardín. Dice que aquí puede descansar tan bien como en cualquier otro sitio si no se siente encerrado, y que podría ser como una segunda luna de miel para nosotros si no tengo que trabajar.
c) —Luke y yo lo hablamos ayer noche, después de decirme que definitivamente iba a terminar la novela hoy. Está dispuesto a quedarse aquí, pero bajo dos condiciones. Primera, que yo también tenga esa semana de vacaciones. Y segunda, que le quiten esa cerradura de la puerta, de modo que pueda salir cuando quiera. Prefiere descansar aquí antes que en cualquier otro lugar, y dijo que podríamos considerarlo nuestra segunda luna de miel si yo podía arreglar que me concedieran esa semana de vacaciones.
Visto lo visto, no costaría tanto convencer a un juez, por no mencionar que, como ocurre siempre que se dirimen asuntos en los que un jurista no tiene por qué ser experto, se puede solicitar un peritaje. De un lingüista, en este caso. Por tanto, ¿hacen falta las morcillas? A pesar de todo, yo creo que sí.
Aunque, como íbamos diciendo, no es tan difícil analizar el estilo de un traductor, sería mucha casualidad que se pillara un plagio por este motivo. La liebre suele saltar porque algún aficionado reconoce en una edición nueva algo que le ha llamado la atención en una anterior: ¿Qué es más probable? ¿Que alguien se ponga a observar la colocación de las comas y estudiar los falsos amigos, o que a alguien le llame la atención la cuesta de Moyano? La finalidad de la morcilla no es servir de prueba en un juicio, sino ayudar al público a descubrir y denunciar los plagios.
Quizá sea un poco irrespetuoso, aunque en mi opinión, más falta de respeto es coger un texto redactado en inglés correcto y volcarlo al castellano incorrectamente o lleno de errores. Si la traducción es buena, poco motivo de queja tiene el autor por un quítame allá ese cambio de nombre.
Solución: 1c; 2b; 3a.