(c) 1982 by J.C. Planells
(Este relato se publicó originalmente en Opción, nº 4, enero de 1983)
Tengo el don de programar mis sueños.
En mi subconsciente hay grabados una serie de sueños determinados, como si de películas se tratase y mi cerebro fuera una sala de proyección cinematográfica que los exhibiera a elección de un programador, que en este caso soy yo mismo. Esos sueños son siempre iguales, varían en pequeños detalles, como si de hecho se perfeccionaran un poco más de sueño en sueño, o, mejor, de proyección en proyección. Los conozco. Sé de antemano lo que va a pasar en cada uno de ellos. Conozco sus paisajes, las incidencias, la ambientación, los colores predominantes, el clímax, a veces incluso el final, pues todos suelen terminar en un mismo momento y no van más allá de lo que yo recuerdo,, de lo que en esa imaginaria película está filmado.
No deja de sorprenderme a veces esta cualidad. Esta repetición de esos determinados sueños. Casi es una obsesión. En todo caso, una muy agradable obsesión, pues son sueños agradables, emocionantes, excitantes. En ellos soy mucho más feliz que en mi vida real, y así me encuentro las más de las veces aguardando con impaciencia la hora de acostarme para revivir –para presenciar– uno de ellos, el que sea, el que toque en suerte esa noche. No por ello caigo en el error de adelantar mi hora normal de acostarme, sino que espero esa hora entreteniéndome con mis distracciones habituales, y cuando me meto ya entre las sábanas mi primer pensamiento es: “¿Cuál será mi sueño de hoy?”. Me tiendo confortable y alargo la mano hacia la perilla de la luz, apagándola y sumergiéndome en la amiga oscuridad. Un cuarto de hora después, aproximadamente, ya estoy dormido. Tampoco he sentido nunca la tentación de tomar pastillas para dormir, pues temo que pudieran alejar los sueños, dejándome simplemente reposar y estropearan el buen funcionamiento de lo que yo denomino mi “sala de proyecciones mental”. Indudablemente, las pastillas garantizarían mi sueño nocturno, pero acaso me borrasen de la mente esas “películas”, esos sueños, acaso las eclipsaran para siempre, y ése es mi gran temor. Por lo tanto, jamás he permitido que en mi mesilla de noche reposen tales comprimidos. Mi sueño sabe acudir por sí solo, fiel a su cita.
No desdeño la vida real, la que está fuera de los sueños, pues sería una necedad hacerlo. Al contrario, me considero una persona sumamente cordial y vitalista y no me privo de ninguno de los placeres con que la existencia cotidiana nos envuelve, si bien es cierto que algunas veces esos placeres son caros de conseguir y la monotonía y un indudable desencanto, por no decir pesimismo, se adueña de nosotros a medida que pasan los años. Dije antes que soy más feliz en mis sueños que en mi vida corriente. Lo mantengo.
Alguno de mis sueños me tiene especialmente desasosegado, y en los últimos tiempos esto me ha llevado a cometer no pocos errores en mi vida diaria, falsas interpretaciones y momentos de desconcierto. Son los relacionados con las calles, y con los mensajes.
Empezaré por esto último. Sueño que recibo mensajes. Cartas, paquetes, envíos procedentes de diversas poblaciones de España. Me parece que Cuenca es uno de estos lugares, y otro es un pueblecito de Barcelona del cual me resulta imposible situar el nombre. Esos mensajes son siempre abultados. Los abro y están repletos de cartas, postales, sellos de colección, libritos antiguos… Quien me escribe es alguien que me conoce bien, alguien que al parecer lleva años intercambiando correspondencia conmigo y hace referencia a los envíos anteriores que yo le he dirigido. Comenta que las postales de Roses que le mandé le gustaron mucho y si le podría enviar algunas de La Bisbal. También se refiere a comentarios anteriores en mis cartas a él. Me dice que me manda esos libros que cree pueden interesarme. Son libritos delgados, de pocas páginas, pequeño tamaño, portada en blanco de papel algo rasposo, sin ilustración, las letras de los títulos grandes y las del nombre del autor, en el extremo superior, un poco más pequeñas. Hay como una rosa de los vientos silueteada en verde impresa al fondo de la tapa. Pero no sé de qué tratan esos libros. Sólo sé que no son novelas ni obras de teatro. Creo que pueden ser poesías o ensayos o crónicas de viajes o reflexiones o acaso –lo dudo– biografías. Me sorprende el hecho, por cuanto no tengo –en mi vida real– especial predilección por esa clase de lectura.
Sé de dónde he sacado la dirección de esos corresponsales, y sé dónde dejan sus mensajes para que les escriba. Existe una revista llena de direcciones y seguimientos, que yo consulto con frecuencia en busca de nuevos corresponsales. Es algo parecido a los anuncios clasificados del periódico. Y en más de una ocasión me he sorprendido –ya despierto– buscando con ansia esa sección en los periódicos, aun a sabiendas de que no existe. Y mi desconcierto al no hallarla ha sido total. ¡Porque yo sé que esos mensajes son auténticos! Existen, los he recibido. He tocado con mis manos las postales, hojeado los libritos, leído con interés las cartas… y contestado cada una de ellas. ¿Dónde van a parar, pues, mis cartas? Jamás me han sido devueltas. Pero no puedo decir cuál es la dirección, porque sólo la conozco en mis sueños.
Más extraño aún es el asunto de las calles. Este sueño se repite con más frecuencia que el de los mensajes. Y es el que me tiene más desconcertado.
En mi sueño, paseo por Barcelona, por los barrios que conozco perfectamente, hasta el extremo de indicar a ciegas los comercios, la forma de las puertas de las casas y todos los vericuetos en mi andar. Puesto que no me muevo de mis barrios conocidos. ¡Y eso es lo extraño y sorprendente! En un determinado momento me interno por un cruce que no existe en la vida real y me encuentro en la trastienda de una librería que sí existe en esa vida real. Sé que si me interno más en la librería saldré por la entrada principal a la otra calle, perfectamente conocida, pero en mi sueño no hago nunca esto: me quedo en la trastienda, pues lo que en ella encuentro me absorbe por completo.
La librería es vieja pero limpia, con estanterías de madera de color claro, con diversos mostradores llenando también el espacio y otras estanterías bajo ellos que obligan a agacharse para consultarlas. Lo extraño está en los libros que venden: libros que no existen, libros que jamás han sido escritos. Libros que tampoco puedo comprar, pues en mi sueño jamás llevo una sola moneda encima. Así, pues, tengo que contentarme con hojearlos, examinarlos, estudiarlos, y leerlos poco a poco, a lo largo de mis sucesivos sueños.
No son libros de autores desconocidos, al contrario: son obras de escritores como Jack London, Fenimore Cooper, Scott Fitzgerald, Herman Melville… pero son novelas que ellos jamás escribieron. Libros que me llenan de ganas de poseerlos, comprarlos, llevármelos a casa y atesorarlos. Pero no me es posible y, así, he de conformarme con ir leyéndolos uno a uno en mis visitas a la librería. Y debo decir que jamás han puesto obstáculo alguno a que lo haga. A veces, también encuentro libros antiguos no reeditados hoy día y que yo busco en mi vida real con afán. Están allí, junto con los otros, con los que no existen, aguardando fielmente en las estanterías. Y no deja de sorprenderme que nunca se los haya llevado ningún comprador. Lo mismo que resulta extraño que en mis visitas jamás haya visto a ninguna otra persona curioseando en la librería. Únicamente los dueños, a veces un hombre, otras una mujer, son toda mi compañía en las visitas. La trastienda está separada de la tienda principal por una cortina verde. Sé que al otro lado hay gente, visitantes, curiosos, compradores, pero nunca cruzan a través de esa cortina, ni yo tampoco.
No he descrito el lugar en que se ubica la trastienda. Como dije, en mi camino me interno por un cruce que no sabría situar concretamente, pero que está en un lugar donde no existe ese cruce. A través de él desemboco en una pequeña placita, tranquila, soleada y silenciosa, con algunos pinos y una fuente. Raras veces hay alguien en la placita. Sólo recuerdo a una anciana tejiendo junto a su portal, y una niña correteando en bicicleta. No prestan a mi persona mayor atención de la que yo les dedico. Mi interés está en la librería, como el de la niña en su bicicleta y el de la anciana en su labor.
Alguna tarde soleada –soleada de la manera en que lo está la placita donde se halla la librería–, no he podido contener el impulso de salir a la calle y buscar ese extraño e invisible cruce. Mi fracaso, claro está, ha sido total. No doy con él, no sé situarlo, mientras que en el sueño todo ocurre con la mayor naturalidad. Salgo a la calle con la cartera bien abultada, deseoso de hacerme con esos libros que no existen, para poder alardear de ellos ante mis amistades.
¡Y sin embargo yo sé que el lugar existe! He tocado esos libros, los he leído… no todos, claro, sólo algunos, puesto que cada vez, visita tras visita, voy encontrando más.Y los sigo leyendo ante la pasividad –o complacencia, o la benevolencia– de los libreros, que no me ponen inconveniente alguno, pese a mi recelo. ¡Y los libros no son falsos! He leído lo suficiente a todos estos autores como para garantizar su autenticidad. Los Jack London son auténticos, han sido escritos por él y no por ningún otro, así como los Scott Fitzgerald y todos los demás. Eso me sorprende, puesto que no es normal ni creo que ningún psicoanalista me supiera explicar la razón de este sueño. De ahí, por tanto, que mi inquietud en estos últimos tiempos vaya en aumento.
Otro sueños están también relacionados con calles y libros. En uno de ellos, salgo de mi casa, doy la vuelta a la manzana y encuentro una gran pendiente que me conduce a un mercado en el que hay un puesto de libros de saldo. Libros que hojeo y manoseo en busca de esa estimada obra perdida tanto tiempo buscada. Unas veces encuentro algo interesante, otras no. Y, cosa extraña, en este sueño sí llevo encima dinero para poder adquirirlos. Mi preocupación es cuando al día siguiente, al despertar, descubro que estos libros se hallan en mi biblioteca… en tanto que la noche anterior no estaban… no los tenía, no los poseía. Es absurdo, irracional, pero también es cierto. Y corro, corro fuera de casa en busca de ese inexistente mercado, de esa inexistente pendiente en la calle paralela a la mía y, claro está, no la encuentro porque no existe. No existe. Pero sí el libro en mi biblioteca.
Mi tercer sueño relacionado con ese tema versa sobre otra librería enclavada en la parte alta de la ciudad, cerca de una estación de metro de la cual soy incapaz de dar el nombre. No es una librería muy surtida pero tampoco escasa en libros, sino un intermedio. Su interés está en los libros de importación, libros en ingles o francés que yo acudo a curiosear y que las más de las veces no son los que busco. Pese a ello, no desisto de mis periódicas visitas al establecimiento, y por fin, alguna vez, encuentro algo de mi interés. Pero, ay, cuando lo encuentro es a la hora en que el establecimiento cierra y, muy amablemente pero con firmeza, me dicen que debo volver otro día. Y cuando regreso, el libro ya ha sido vendido.
Mi mayor desconcierto actual radica en la reiterada presencia de estos sueños por encima de todos los demás. La insistencia en que, durante la semana, dos o tres de ellos se hacen presentes hasta constituirse en una obsesión. Y ya he empezado a preguntarme si realmente son sueños. El encontrar esos libros viejos que yo no he podido adquirir, que sé que no he comprado en sueños…, me mantiene apartado de toda explicación racional. Y la primera de las librerías, aquella en la que se acumulan libros que jamás han sido escritos… Porque lo extraño es que ya consigo dominar esos sueños, programarlos a mi antojo, decidir cuándo voy a entrar en uno de ellos. ¡Porque de no ser así, no podría concluir la lectura de esas novelas! Por eso, hasta que no he finalizado uno de esos libros de London, Cooper, Melville, sigo, día tras día, acudiendo en sueños a esa librería. Y, luego, me tomo un descanso, recurro a otra clase de sueños, o recibo esa extraña correspondencia que al día siguiente busco con afán, o…
Mi inquietud aumenta, pero es una suave inquietud. No estoy, pues, seguro ya de cuándo sueño y cuándo estoy despierto. Ahora mismo estoy sentado ante mi vieja máquina de escribir, pero no estoy seguro de que esté soñando y de que la realidad me halle en mis sueños. Ustedes ahora me están leyendo en las páginas de una revista, pero ¿me están leyendo? ¿O sueño que lo están haciendo? ¿Es mi sueño la realidad o es mi realidad un sueño? ¿He conseguido acaso que ambas cosas sean igualmente reales? Mi razón me dice que esto es imposible, pero mi mente, mi subconsciente, me insinúan lo contrario. Sé que si salgo ahora a la calle en busca de esos lugares determinados, seré incapaz de hallarlos, mientras que si espero la llegada de la noche, al abrigo de las sábanas, el camino se me abrirá fácil y cómodamente, sin el menor esfuerzo por mi parte, sólo con salir a la calle. ¿Qué debo hacer, entonces? ¿Mantenerme en vela? ¿O seguir dormido por siempre, y así, alguna vez, poder conseguir esos libros? ¿Recibir esas cartas? ¿Encontrar esos anuncios de correspondencia? Si las cartas que envío estando despierto –¿despierto?– no me son devueltas, ¿dónde empieza el sueño y acaba la realidad? Me turba más el desconocimiento de todo ello que la propia vivencia del hecho. ¿Y por qué no se desvanecen los libros que en mi sueño he adquirido en ese inexistente mercado al otro lado de mi casa? ¿O acaso olvidé dónde los adquirí y mi sueño me obsesiona hasta el extremo de creer que han surgido de él?
Ustedes me leen, pero en realidad no me leen. Sueñan que me leen, y cuando despierten, si acaso conservan esta revista sobre un mueble, en una mesa, las páginas estarán ocupadas por otra narración, por otro artículo. Porque no les escribo. Simplemente, estoy soñando que les escribo, al regreso de uno de mis viajes por esas calles que, creo, sólo existen en la realidad y son inencontrables en el mundo de los sueños.
Pero es agradable soñarlo. Y acaso, si despierto, lo haga alguna vez.
FIN.-
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que cuento mas bonito. me siguen gustando mucho tus cuentos antiguos (los modernos tambien, claro) . en fin que felicidades por el cuento. es el sueño ideal de todo lector.y que sigas recuperando cuntos antiguos. a mi me gustan mucho.
Pocos antiguos quedan por recuperar o aparecer por primera vez. Y algunos no aparecerán nunca, porque no quiero (los de Asimov Magazine y los de Nueva Dimensión, básicamente).
Qué bueno, Juan Carlos!!
Decir que me ha encantado, creo que se queda corto. He disfrutado como una enana, porque has trasmitido perfectamente la duda filosófica que se planteaba Calderón en La vida es sueño… Por que, ¿quién no ha dudado alguna vez?
Besucos!!
PD. Comparto el texto en mi muro del Facebook
Gracias. Yo lo considero un pecadillo de juventud, pero por lo visto ha gustado bastante (uno es el peor critico siempre de sí mismo).
Ya quisiera yo hacer “pecadillos” así…
Besucos!!
Desde la más absoluta humildad (¡quién soy yo para juzgar tus textos!), me parece un relato muy bueno. Trata un tema clásico (excesivamente recursivo hoy en día pero no en la época en la que lo escribiste) y lo aborda con una simpleza y claridad que llegan a provocar sensaciones inquietantes. Diría que de todo lo que he leído (y escrito, alguna vez) sobre este tipo de argumento, tal vez sea uno de los mejores textos, sin duda. Gracias.