KEN RUSSELL: ADIÓS AL CINE DE LA PROVOCACIÓN Y EL HISTERISMO

(c) 2011 by J.C. Planells
  
Hace unos días falleció Ken Russell, a la edad de 84 años. Tengo la impresión de que los nuevos cinéfilos no lo deben de conocer mucho, porque llevaba casi un cuarto de siglo sumido en el olvido. Cierto que ha trabajado durante los últimos años para la televisión, pero en el cine no ha obtenido ningún éxito desde 1984. Russell fue uno de los cineastas más populares de la década de 1970 por sus películas provocadoras, escandalosas y  alucinadas. Los críticos, casi en general, lo odiaban cordialmente, pero el público iba en masa a ver sus estrenos y los cinéfilos le adoraban; entre sus admiradores algunos me sorprendían porque no lo esperaba de ellos. Luego, de repente, le falló la inspiración, o bien el público se cansó de tanta agitación, y el morigerado y boborro cine de los ochenta le enterró para siempre. No volvió a filmar ningún éxito de taquilla, pese a intentar mantener su habitual estilo cinematográfico.
Los inicios de Russell fueron en la televisión de su país, Gran Bretaña, realizando principalmente filmes documentales o biográficos sobre artistas, algo que luego volvería a practicar en su cine. Sus primeras películas, de 1963 y 1964, pasaron desapercibidas hasta que en 1967 filma Un cerebro de un billón de dólares, una de espías a la moda protagonizada por Michael Caine, y que algunos que odian el cine de Russell consideran su única película buena (no la he visto, o mejor, dicho, lo he intentado un par de veces y no la he aguantado entera). El éxito de esta película le da ocasión a hacer lo que quiere, y se lanza a una serie continuada de películas, que buscaban provocar al público y el escándalo por el escándalo, por su uso del sexo, el histerismo, la locura, el desenfreno visual y gestual. No hace falta decir que estas películas tuvieron todas no pocos problemas para ser vistas en España, o bien para estrenarse en su integridad: eran años de la censura, y los filmes de Russell nos llegaron en completo desorden en relación con su producción (Los demonios, de 1970, no sería autorizada hasta 1978, cuando ya habíamos visto, en desorden cronológico, todas las anteriores). Empezó en 1969 con Mujeres enamoradas  (una adaptación de D.H. Lawrence, del que muchos años después adaptaría su Lady Chatterley para la televisión), y siguió con La pasión de vivir  (biografía de Chaikovski que escandalizó por su estilo vigoroso, brutal y alocado, entre otras cosas), Los demonios (una versión de Los demonios de Loudun de Huxley, y que inauguró el género tan popular de inmediato sobre “monjas presas de furor uterino en el convento”), El mesías salvaje (otra alocada biografía, esta vez de Henry Gautier), Mahler. Una sombra en el pasado (regreso a las biografías de músicos, con Mahler esta vez), Lisztomania (donde convertía a Liszt en una especie de ídolo rock de su época, rodeado de grupies: el póster de la película era suficientemente explícito…) y Valentino (esta vez le tocó a una estrella del cine mudo, Rodolfo Valentino, y eligió para interpretarlo a un bailarín: Nureyev). Entre medio de este carrusel o maremagnum casi maelstrómico de biografías y escándalos varios (se solía salir del cine tras ver sus películas con un formidable dolor de cabeza y algunos mareos), un par de musicales que muchos (incluso quienes le desprecian) consideran sus películas más estimables: El novio (un homenaje, que parece casi una borrachera visual, al cine de Busby Berkeley) y Tommy (la ópera rock de The Who); la primera se exhibió en cines de arte y ensayo en España, porque los distribuidores consideraron que la propuesta era tan extraña y el público de entonces desconocía quién era Busby Berkeley –mucho de su cine no se había estrenado en España, pero se veía por el Cine Club de televisión…–, que no entenderían la película, por lo cual se la restringió a circuitos no comerciales; aun así tuvo un gran éxito en ellos.
Tras Valentino, Russell dejó las biografías (por llamarlas de alguna manera: escandalografías sería más aproximado…) y se dedicó al cine de género, en dos muestras de enorme éxito: Viaje alucinante al fondo de la mente (ciencia ficción terrorífica a partir de una novela del intelectual Paddy Chayefsky) y La pasión de China Blue (thriller erótico a partir del desmadre más extremo). A día de hoy, es difícil decidir cuál de las dos cosechó peores críticas y más grandes insultos. Si les interesa mi opinión personal, la primera me resulta lo menos malo de Russell (es una manera disimulada de decir que me gusta), y la segunda es sencillamente inaguantable por imbécil; aun así, es difícil resistirse a su proyección.
Y con esta muestra de thriller erótico (donde la presencia de un desatado Anthony Perkins haciendo de predicador loco empeoraba toda la propuesta y mandaba a la porra la película para cualquiera que haya visto Psicosis), se le acabó la buena vida a Russell. Sus siguientes películas no obtuvieron éxito alguno, la mayoría ni siquiera llegaron a estrenarse en España sino que pasaron directamente al mercado del vídeo, pujante a mediados de los ochenta: propuestas de terror como Gothic (el famoso verano de Polidor-Shelley & company, convertido en una orgía) y La guarida del gusano blanco (adaptación bestial y erótica de la novela de Bram Stoker) eran una pura borrachera de imágenes que parecían más un videoclip de 90 minutos que una par de películas con argumento: no las vio casi nadie, pero fueron insultadas por los críticos y los fans del género. Al mercado del vídeo fueron a parar las más esforzadas Salome´s Last Dance (una adaptación sui generis de la Salomé de Oscar Wilde) y Puta (el día a día de un putón verbenero, bastante más contenida de lo que uno esperaba). Lo último en cine que le vimos fue en 1991, Prisioneros del honor, una película tan sobria sobre el affaire Dreyfuss que la podría haber filmado sin dificultad Richard Thorpe o Norman Taurog y no habría mucha diferencia; recuperaba, sí, a Oliver Reed, fetiche de sus viejos tiempos, pero la película, aunque estimable, estaba cinematográficamente en las antípodas de su cine de 1969-1984: qué triste es hacerse viejo y perder la fama. Lo vimos como actor en alguna película (La casa Rusia, cuando ya era un director olvidado por el público, y a muchos les costaba creer que fuera él), tarea en la que siguió apareciendo hasta recientemente.
Mentiría si dijera que me gustaban sus películas: las veía y no me las creía, me cansaban me fatigaban, me alucinaban; tuve algunas discusiones con algunos de sus más inesperados admiradores, porque no entendía que les gustasen a ellos, tan serios y formales, aquellas locuras. Sus grandes éxitos solo los vi en su tiempo, y por tanto no sé qué impresión me producirían ahora (una revisión hace años de Valentino me aburrió, pese a toda su parafernalia): su cine no ha circulado apenas en vídeo o en DVD (ni hablar de televisión), lo cual es bastante extraño habida cuenta de su impacto y popularidad en la época. Sólo Tommy ha conseguido perdurar (gracias a los Who, claro). Y pese a los muchos reparos que se le puedan poner, yo creo que era un cine necesario. ¿Necesario para qué? Miren, no tengo ni idea; quizá porque en el cine ha de haber de todo (Andrezj Zulawski, en cierta manera, se le parece un poco…). Como tampoco la tengo de por qué, de pronto, el público le dio la espalda y desapareció del mapa. Como ya dije, a mediados de los ochenta, todo el cine cambió en el mundo. Y, pese a lo discutible de sus propuestas y de su estilo, había veces en que lo echaba de menos.

 

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NUEVO REPASO A ALGUNAS SERIES POLICIACAS DE TELEVISIÓN

(c) 2011 by J.C. Planells
  
Ofrezco aquí unos someros comentarios sobre algunas series policiacas televisivas en antena, excluyendo las que ya han sido objeto de artículos por separado o en el semejante a este (“Repaso a algunas series policiacas de televisión”), aparecido el 12 de noviembre de 2009.
 
 
“CASTLE”
 
Empiezo con esta serie, porque me parece la mejor de las aquí comentadas. Quizá no goza de mucha popularidad en España –pese a que incluso se ha traducido una novela escrita por el supuesto personaje protagonista de la serie, obra de autor desconocido–, pero me resulta tremendamente simpática. Cierto que el punto de partida es completamente absurdo: un novelista de best-sellers policiacos ayuda como asesor a la polícía de Nueva York en la resolución de asesinatos a fin de documentarse para el nuevo personaje que ha creado, y que es igualito a la inspectora Beckett, su forzada musa literaria. Y digo que es absurdo, porque en cada episodio el novelista –Richard Castle– recibe la habitual llamada de la inspectora Beckett porque ha aparecido un cadáver. Ahora bien: ¿es que los creadores de la serie ignoran que a un escritor no se le debe molestar ni interrumpir JAMÁS cuando escribe, so pena de muerte? Sin embargo, Castle no tiene problema en dejar lo que sea que esté haciendo y dedicar todo el día, y los que hagan falta, a investigar el asesinato con Beckett y sus dos simpáticos detectives. ¡Vaya vidorra! En fin, perdonando semejante necedad, que seguramente provocará risas y escándalo entre cualquier escritor con dos dedos de frente (entre la gente que no conoce cómo es el trabajo de un escritor, ni caerán en ello, lo digo por experiencia), la serie es francamente recomendable. Usa también del antagonismo en sus dos protagonistas (como en Bones, que ya comenté en el anterior artículo), pero aquí ni Castle ni Beckett resulta tan cargantes, y tampoco el resto de personajes –los detectives Ryan y Expósito, el jefe de Backett y la madre y la hija de Castle– producen esa vergüenza ajena y el bochorno de los de Bones (que dejé de ver hace mucho tiempo y no la echo para nada de menos). Los episodios cuentan con argumentos interesantes, bastante llenos de vericuetos y giros en la trama (y a veces con algún que otro agujero sin rellenar…), y los diálogos entre Castle y Beckett, así como con el resto de personajes tienen a veces notable ingenio.
 
“NAVY: INVESTIGACIÓN CRIMINAL”
 
Supongo que alguien lo podrá explicar, porque yo no tengo ni idea. Esta serie resulta que es la más vista en Estados Unidos, por encima de cualquier otra. No solo eso: cuatro de sus personajes figuran entre los diez más populares (¿o eran siete?) y estimados de las series de ficción; concretamente –y creo que en este orden– los interpretados por Coté de Pablo, Mark Harmon, Pauley Perrette y David McCallum, lo cual deja fuera tan solo a dos del resto. Y, para añadir más aún, resulta que hace poco ha salido un videojuego en el que usted –sí, usted–, puede ponerse en el sitio del personaje que quiera y vivir una aventura con los demás. Ole la grasia y la bellesa der edifisio.
En fin, los méritos del éxito en Estados Unidos de esta serie, me los tendrán que explicar. Ojo: no digo que sea mala. Es simplemente banal, entretenida, repetitiva, superficial y comodona. Quizá por eso se vea tan fácilmente como se come uno una galleta sin darse ni cuenta. Tiene su mérito, porque el esquema es siempre el mismo (chistes y pullas iniciales entre los personajes de Sean Murray –chico bueno– y Michael Weatherly –chico pillo–, con indirectas de este a Coté de Pablo, que se supone está bastante buena –a mí no le lo parece– y quiere llevársela al río creyendo que es mozuela; llega Mark Harmon y les dije que cojan el equipo, que han asesinado a uno/dos/tres/cinco/ marines –los asesinados son siempre marines, y ellos son el departamento de investigación criminal de Inteligencia de la Marina, o algo por el estilo–, le da una colleja al chico pillo, y hala, a trabajar. David McCallum hace de forense y da una conferencia de historia antigua sobre la marcha, y Pauley Perrette –que se supone también está muy buena y tampoco me lo parece: ¿les hago la lista de las que sí están buenas en otras series policiacas?; ya veremos– se encarga de buscar cosas en el ordenador y de las investigaciones de laboratorio.
Uno se pregunta si debe quedar algún marine americano que aún no haya sido asesinado, porque tras tantas temporadas y episodios, la mortandad resulta pasmosamente elevada. En fin, como en el caso de Castle, estamos en el terreno de la ficción y hay que olvidar lo absurdo de ciertos planteamientos. Por lo demás, esta serie es tan simplona que pese a ello se hace soportable. Y al menos no hay enamoramientos idiotas ni romanticismos ñoños entre los personajes, lo cual es de agradecer.
 
“VIGILADOS – PERSON OF INTEREST”
 
Ya empieza a imponerse la moda de no traducir o adaptar los títulos de las series (si ya hace tiempo que no se traducen los de las películas, alguien habrá pensado que por qué deben traducirse los de las series): The Closer, The Walking Dead, Cover Affairs, The Killing… En Persons of Interest  han hecho un megamix: añaden Vigilados al principio, y así queda medio en inglés, medio en español. En fin, mejor dejarlo.
Esta serie es el último intento –o penúltimo: por ahí anda Alcatraz, con ciertos problemas sobre la marcha– del adorado por muchos J. J. Abrams de conseguir otro exitazo como el de Perdidos (de la cual no me preocupa nada decir que jamás he visto un solo episodio, y que curiosamente indignó bastante a sus fans finalmente). Como en el momento en que escribo esto solo he visto los dos primeros episodios, poco puedo decir, excepto que mucha originalidad no la hay, aunque se disfrace la propuesta de muchas parafernalia: en realidad, ofrece historias tremendamente simples y ya vistas bajo ese barniz, por si cuela. Viene a ser una variante algo retorcida de la poco exitosa Escudo humano (ya comentada hace tiempo). No da mucho de sí, es pura apariencia, pero resuelta con notable solvencia y una pareja protagonista bastante aceptable: Jim Caviezel y Michael Emerson. ¿Acabará defraudando? Veremos.
  
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LAS OTRAS CALLES

(c) 1982 by J.C. Planells
 
(Este relato se publicó originalmente en Opción, nº 4, enero de 1983)
 
    Tengo el don de programar mis sueños.
    En mi subconsciente hay grabados una serie de sueños determinados, como si de películas se tratase y mi cerebro fuera una sala de proyección cinematográfica que los exhibiera a elección de un programador, que en este caso soy yo mismo. Esos sueños son siempre iguales, varían en pequeños detalles, como si de hecho se perfeccionaran un poco más de sueño en sueño, o, mejor, de proyección en proyección. Los conozco. Sé de antemano lo que va a pasar en cada uno de ellos. Conozco sus paisajes, las incidencias, la ambientación, los colores predominantes, el clímax, a veces incluso el final, pues todos suelen terminar en un mismo momento y no van más allá de lo que yo recuerdo,, de lo que en esa imaginaria película está filmado.
    No deja de sorprenderme a veces esta cualidad. Esta repetición de esos determinados sueños. Casi es una obsesión. En todo caso, una muy agradable obsesión, pues son sueños agradables, emocionantes, excitantes. En ellos soy mucho más feliz que en mi vida real, y así me encuentro las más de las veces aguardando con impaciencia la hora de acostarme para revivir –para presenciar– uno de ellos, el que sea, el que toque en suerte esa noche. No por ello caigo en el error de adelantar mi hora normal de acostarme, sino que espero esa hora entreteniéndome con mis distracciones habituales, y cuando me meto ya entre las sábanas mi primer pensamiento es: “¿Cuál será mi sueño de hoy?”. Me tiendo confortable y alargo la mano hacia la perilla de la luz, apagándola y sumergiéndome en la amiga oscuridad. Un cuarto de hora después, aproximadamente, ya estoy dormido. Tampoco he sentido nunca la tentación de tomar pastillas para dormir, pues temo que pudieran alejar los sueños, dejándome simplemente reposar y estropearan el buen funcionamiento de lo que yo denomino mi “sala de proyecciones mental”. Indudablemente, las pastillas garantizarían mi sueño nocturno, pero acaso me borrasen de la mente esas “películas”, esos sueños, acaso las eclipsaran para siempre, y ése es mi gran temor. Por lo tanto, jamás he permitido que en mi mesilla de  noche reposen tales comprimidos. Mi sueño sabe acudir por sí solo, fiel a su cita.
    No desdeño la vida real, la que está fuera de los sueños, pues sería una necedad hacerlo. Al contrario, me considero una persona sumamente cordial y vitalista y no me privo de ninguno de los placeres con que la existencia cotidiana nos envuelve, si bien es cierto que algunas veces esos placeres son caros de conseguir y la monotonía y un indudable desencanto, por no decir pesimismo, se adueña de nosotros a medida que pasan los años. Dije antes que soy más feliz en mis sueños que en mi vida corriente. Lo mantengo.
    Alguno de mis sueños me tiene especialmente desasosegado, y en los últimos tiempos esto me ha llevado a cometer no pocos errores en mi vida diaria, falsas interpretaciones y momentos de desconcierto. Son los relacionados con las calles, y con los mensajes.
    Empezaré por esto último. Sueño que recibo mensajes. Cartas, paquetes, envíos procedentes de diversas poblaciones de España. Me parece que Cuenca es uno de estos lugares, y otro es un pueblecito de Barcelona del cual me resulta imposible situar el nombre. Esos mensajes son siempre abultados. Los abro y están repletos de cartas, postales, sellos de colección, libritos antiguos… Quien me escribe es alguien que me conoce bien, alguien que al parecer lleva años intercambiando correspondencia conmigo y hace referencia a los envíos anteriores que yo le he dirigido. Comenta que las postales de Roses que le mandé le gustaron mucho y si le podría enviar algunas de La Bisbal. También se refiere a comentarios anteriores en mis cartas a él. Me dice que me manda esos libros que cree pueden interesarme. Son libritos delgados, de pocas páginas, pequeño tamaño, portada en blanco de papel algo rasposo, sin ilustración, las letras de los títulos grandes y las del nombre del autor, en el extremo superior, un poco más pequeñas. Hay como una rosa de los vientos silueteada en verde impresa al fondo de la tapa. Pero no sé de qué tratan esos libros. Sólo sé que no son novelas ni obras de teatro. Creo que pueden ser poesías o ensayos o crónicas de viajes o reflexiones o acaso –lo dudo– biografías. Me sorprende el hecho, por cuanto no tengo –en mi vida real– especial predilección por esa clase de lectura.
    Sé de dónde he sacado la dirección de esos corresponsales, y sé dónde dejan sus mensajes para que les escriba. Existe una revista llena de direcciones y seguimientos, que yo consulto con frecuencia en busca de nuevos corresponsales. Es algo parecido a los anuncios clasificados del periódico. Y en más de una ocasión me he sorprendido –ya despierto– buscando con ansia esa sección en los periódicos, aun a sabiendas de que no existe. Y mi desconcierto al no hallarla ha sido total. ¡Porque yo sé que esos mensajes son auténticos! Existen, los he recibido. He tocado con mis manos las postales, hojeado los libritos, leído con interés las cartas… y contestado cada una de ellas. ¿Dónde van a parar, pues, mis cartas? Jamás me han sido devueltas. Pero no puedo decir cuál es la dirección, porque sólo la conozco en mis sueños.
    Más extraño aún es el asunto de las calles. Este sueño se repite con más frecuencia que el de los mensajes. Y es el que me tiene más desconcertado.
    En mi sueño, paseo por Barcelona, por los barrios que conozco perfectamente, hasta el extremo de indicar a ciegas los comercios, la forma de las puertas de las casas y todos los vericuetos en mi andar. Puesto que no me muevo de mis barrios conocidos. ¡Y eso es lo extraño y sorprendente! En un determinado momento me interno por un cruce que no existe en la vida real y me encuentro en la trastienda de una librería que sí existe en esa vida real. Sé que si me interno más en la librería saldré por la entrada principal a la otra calle, perfectamente conocida, pero en mi sueño no hago nunca esto: me quedo en la trastienda, pues lo que en ella encuentro me absorbe por completo.
    La librería es vieja pero limpia, con estanterías de madera de color claro, con diversos mostradores llenando también el espacio y otras estanterías bajo ellos que obligan a agacharse para consultarlas. Lo extraño está en los libros que venden: libros que no existen, libros que jamás han sido escritos. Libros que tampoco puedo comprar, pues en mi sueño jamás llevo una sola moneda encima. Así, pues, tengo que contentarme con hojearlos, examinarlos, estudiarlos, y leerlos poco a poco, a lo largo de mis sucesivos sueños.
    No son libros de autores desconocidos, al contrario: son obras de escritores como Jack London, Fenimore Cooper, Scott Fitzgerald, Herman Melville… pero son novelas que ellos jamás escribieron. Libros que me llenan de ganas de poseerlos, comprarlos, llevármelos a casa y atesorarlos. Pero no me es posible y, así, he de conformarme con ir leyéndolos uno a uno en mis visitas a la librería. Y debo decir que jamás han puesto obstáculo alguno a que lo haga. A veces, también encuentro libros antiguos no reeditados hoy día y que yo busco en mi vida real con afán. Están allí, junto con los otros, con los que no existen, aguardando fielmente en las estanterías. Y no deja de sorprenderme que nunca se los haya llevado ningún comprador. Lo mismo que resulta extraño que en mis visitas jamás haya visto a ninguna otra persona curioseando en la librería. Únicamente los dueños, a veces un hombre, otras una mujer, son toda mi compañía en las visitas. La trastienda está separada de la tienda principal por una cortina verde. Sé que al otro lado hay gente, visitantes, curiosos, compradores, pero nunca cruzan a través de esa cortina, ni yo tampoco.
    No he descrito el lugar en que se ubica la trastienda. Como dije, en mi camino me interno por un cruce que no sabría situar concretamente, pero que está en un lugar donde no existe ese cruce. A través de él desemboco en una pequeña placita, tranquila, soleada y silenciosa, con algunos pinos y una fuente. Raras veces hay alguien en la placita. Sólo recuerdo a una anciana tejiendo junto a su portal, y una niña correteando en bicicleta. No prestan a mi persona mayor atención de la que yo les dedico. Mi interés está en la librería, como el de la niña en su bicicleta y el de la anciana en su labor.
    Alguna tarde soleada –soleada de la manera en que lo está la placita donde se halla la librería–, no he podido contener el impulso de salir a la calle y buscar ese extraño e invisible cruce. Mi fracaso, claro está, ha sido total. No doy con él, no sé situarlo, mientras que en el sueño todo ocurre con la mayor naturalidad. Salgo a la calle con la cartera bien abultada, deseoso de hacerme con esos libros que no existen, para poder alardear de ellos ante mis amistades.
    ¡Y sin embargo yo sé que el lugar existe! He tocado esos libros, los he leído… no todos, claro, sólo algunos, puesto que cada vez, visita tras visita, voy encontrando más.Y los sigo leyendo ante la pasividad –o complacencia, o la benevolencia– de los libreros, que no me ponen inconveniente alguno, pese a mi recelo. ¡Y los libros no son falsos! He leído lo suficiente a todos estos autores como para garantizar su autenticidad. Los Jack London son auténticos, han sido escritos por él y no por ningún otro, así como los Scott Fitzgerald y todos los demás. Eso me sorprende, puesto que no es normal ni creo que ningún psicoanalista me supiera explicar la razón de este sueño. De ahí, por tanto, que mi inquietud en estos últimos tiempos vaya en aumento.
    Otro sueños están también relacionados con calles y libros. En uno de ellos, salgo de mi casa, doy la vuelta a la manzana y encuentro una gran pendiente que me conduce a un mercado en el que hay un puesto de libros de saldo. Libros que hojeo y manoseo en busca de esa estimada obra perdida tanto tiempo buscada. Unas veces encuentro algo interesante, otras no. Y, cosa extraña, en este sueño sí llevo encima dinero para poder adquirirlos. Mi preocupación es cuando al día siguiente, al despertar, descubro que estos libros se hallan en mi biblioteca… en tanto que la noche anterior no estaban… no los tenía, no los poseía. Es absurdo, irracional, pero también es cierto. Y corro, corro fuera de casa en busca de ese inexistente mercado, de esa inexistente pendiente en la calle paralela a la mía y, claro está, no la encuentro porque no existe. No existe. Pero sí el libro en mi biblioteca.
    Mi tercer sueño relacionado con ese tema versa sobre otra librería enclavada en la parte alta de la ciudad, cerca de una estación de metro de la cual soy incapaz de dar el nombre. No es una librería muy surtida pero tampoco escasa en libros, sino un intermedio. Su interés está en los libros de importación, libros en ingles o francés que yo acudo a curiosear y que las más de las veces no son los que busco. Pese a ello, no desisto de mis periódicas visitas al establecimiento, y por fin, alguna vez, encuentro algo de mi interés. Pero, ay, cuando lo encuentro es a la hora en que el establecimiento cierra y, muy amablemente pero con firmeza, me dicen que debo volver otro día. Y cuando regreso, el libro ya ha sido vendido.
    Mi mayor desconcierto actual radica en la reiterada presencia de estos sueños por encima de todos los demás. La insistencia en que, durante la semana, dos o tres de ellos se hacen presentes hasta constituirse en una obsesión. Y ya he empezado a preguntarme si realmente son sueños. El encontrar esos libros viejos que yo no he podido adquirir, que sé que no he comprado en sueños…, me mantiene apartado de toda explicación racional. Y la primera de las librerías, aquella en la que se acumulan libros que jamás han sido escritos… Porque lo extraño es que ya consigo dominar esos sueños, programarlos a mi antojo, decidir cuándo voy a entrar en uno de ellos. ¡Porque de no ser así, no podría concluir la lectura de esas novelas! Por eso, hasta que no he finalizado uno de esos libros de London, Cooper, Melville, sigo, día tras día, acudiendo en sueños a esa librería. Y, luego, me tomo un descanso, recurro a otra clase de sueños, o recibo esa extraña correspondencia que al día siguiente busco con afán, o…
    Mi inquietud aumenta, pero es una suave inquietud. No estoy, pues, seguro ya de cuándo sueño y cuándo estoy despierto. Ahora mismo estoy sentado ante mi vieja máquina de escribir, pero no estoy seguro de que esté soñando y de que la realidad me halle en mis sueños. Ustedes ahora me están leyendo en las páginas de una revista, pero ¿me están leyendo? ¿O sueño que lo están haciendo? ¿Es mi sueño la realidad o es mi realidad un sueño? ¿He conseguido acaso que ambas cosas sean igualmente reales? Mi razón me dice que esto es imposible, pero mi mente, mi subconsciente, me insinúan lo contrario. Sé que si salgo ahora a la calle en busca de esos lugares determinados, seré incapaz de hallarlos, mientras que si espero la llegada de la noche, al abrigo de las sábanas, el camino se me abrirá fácil y cómodamente, sin el menor esfuerzo por mi parte, sólo con salir a la calle. ¿Qué debo hacer, entonces? ¿Mantenerme en vela? ¿O seguir dormido por siempre, y así, alguna vez, poder conseguir esos libros? ¿Recibir esas cartas? ¿Encontrar esos anuncios de correspondencia? Si las cartas que envío estando despierto –¿despierto?– no me son devueltas, ¿dónde empieza el sueño y acaba la realidad? Me turba más el desconocimiento de todo ello que la propia vivencia del hecho. ¿Y por qué no se desvanecen los libros que en mi sueño he adquirido en ese inexistente mercado al otro lado de mi casa? ¿O acaso olvidé dónde los adquirí y mi sueño me obsesiona hasta el extremo de creer que han surgido de él?
    Ustedes me leen, pero en realidad no me leen. Sueñan que me leen, y cuando despierten, si acaso conservan  esta revista sobre un mueble, en una mesa, las páginas estarán ocupadas por otra narración, por otro artículo. Porque no les escribo. Simplemente, estoy soñando que les escribo, al regreso de uno de mis viajes por esas calles que, creo, sólo existen en la realidad y son inencontrables en el mundo de los sueños.
    Pero es agradable soñarlo. Y acaso, si despierto, lo haga alguna vez.
 
FIN.-

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DESTINO OCULTO, de George Nolfi: Entre Philip K. Dick y Woody Allen

(c) 2011 by J.C. Planells
 
En general, las adaptaciones sobre relatos de Philip Dick suelen ser bastante satisfactorias y el conocedor de su obra reconoce (más o menos) la impronta del autor en lo ofrecido en pantalla; eso es así incluso en productos tan comerciales y banales como Asesinos cibernéticos o Paycheck, simples películas de corre-que-te-pillo, pero que se las apañan para que ese sello “made in Dick” esté presente en ellas. No importa que el guionista y el productor hayan tomado apenas el título del relato de turno para construir una historia en nada parecida al original: Dick está ahí, bien presente.
Nada de eso ocurre en Destino oculto, que adapta el relato “Adjustment Team” reititulándolo para el caso The Adjustment Boreau. Si las diferencias entre original literario y película no mermaban el espíritu Dick, en este primer film del guionista George Nolfi –que firma asimismo la adaptación– nada hace reconocible ese mundo literario. Y no es debido a los muchísimos cambios de la historia, nombres de los personajes incluidos, sino a que la formulación adoptada por Nolfi, así como su propio trabajo al filmar las escenas, se alejan totalmente del mundo atormentado y alucinado de Dick para ofrecer una historia que, en muchos momentos, parece una historia neoyorquina de Woody Allen con toques fantásticos. De hecho, Destino oculto está mucho más cerca de una película seria de Woody Allen que no de una adaptación de Philip Dick.
En general, la crítica se ha mostrado muy favorable a esta película de Nolfi (al menos, la que he podido leer), si bien en algún caso han lamentado el final de la historia. No estoy de acuerdo en este punto: si hay algo que yo sí he celebrado en Destino oculto es precisamente el final de la historia: pues significa que, por fin, la película termina, algo que uno acaba deseando ya a media proyección.
No se me ocurre nada bueno que decir de ella –y de verdad que lo lamento puesto que en cada adaptación que he visto de obras de Dick he acudido con la mente abierta y receptible (es decir, favorable)–, excepto la participación de Terence Stamp. Matt Damon parece remedar su Bourne en muchas escenas. Y los “hombres con sombrero” debo confesar que me producen más bien cierta risa.

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TIERRA DE BÁRBAROS, de Norberto Luis Romero

(c) 2011 by J. C. Planells

Parece difícil concebir una literatura latinoamericana que no entre en el campo del realismo fantástico, incluso aunque su autor ya no resida en Latinoamérica. Es el caso de Norberto Luis Romero, que en esta su última obra, Tierra de bárbaros, ofrece un maridaje perfecto –o perfectamente lógico– entre realismo (histórico en este caso) y fantasía (magia, en esta ocasión). Tomando como base el relato “El relicario de lady Inzúa” publicado en la antología La maldición de la momia (comentada en este blog no hace mucho) lo amplía para ofrecernos un retrato de Argentina en 1835, época convulsa (uno tiene la impresión de que el Latinoamérica todas las épocas han sido convulsas, bajo uno u otro signo) que trasladaba a ese país no pocas de las convulsiones que a su vez acababan de azotar –o azotaban aún– el viejo continente: Napoleón, el Absolutismo en España, las consecuencias de la Revolución francesa de 1789… A este panorama histórico de una Argentina dividida entre federalismo y unitarismo (no hay país que no esté dividido por algo) es al que dedica Romero su novela.
A diferencia del relato donde se narra también el sucedido de la momia, que adquiría un carácter jocoso para terminar sombríamente, aquí no hay mucha jocosidad. El panorama histórico en el que se inserta ese sucedido es lo suficientemente severo como para que lo que allí era humor e ironía adquiera en la novela –al estar intercalado con la historia de otros personajes– un tono más bien desgarrado. Y se produce un curioso contraste dentro de los hechos narrados: por un lado, tenemos las luchas políticas, que adquieren carácter violento con el brutal asesinato del caudillo Facundo Quiroga, y las rivalidades entre familias de uno u otro signo político; por otro, el discurrir cotidiano de las mujeres de esas familias, sus amigas e hijas –curiosamente, no hay hijos, sólo hijas–, que mantienen contacto y amistad pese a las diferencias sociales y políticas que hay entre unos y otros. Es ese aburrimiento, ese sentirse en parte marginadas lo que las llevará a idear lo de la fiesta de la momia y sus terribles consecuencias, donde la intrusión de lo mágico destruye a casi toda una generación. Y puesto que en la novela queda claro que esa magia está enraizada con el pasado del país, un pasado posiblemente ancestral –el primer signo de que algo malo va a ocurrir tiene lugar justo en el momento en que la momia es desenterrada–, es otra manera de expresar que hay un choque de culturas, de mundos: la Argentina del tiempo en que transcurre la acción vulnera y profana un pasado que ha sido eliminado y que, poco a poco irá siendo destruido (la aniquilación de los pocos indios que aun sobreviven). Y, como en el relato, el final es igualmente sombrío: es un choque de dos mundos (pasado y presente) que tiene lugar en un tiempo (presente) que se niega a aceptar ser de una manera u otra (federalismo o unitarismo).
 
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LA CÁRCEL DE CRISTAL, de Julio Coll: Una historia de superación

(c) 2011 by J.C. Planells
  
No voy a repetir de nuevo aquello de que el cine español de antes era más interesante que el de los últimos años/décadas, porque lo he dicho demasiadas veces aquí y me van a llamar pesado o antiguo (y tendrán razón en ambos casos). Pero es que cada vez que descubro alguna película que no había visto antes, o vuelvo a ver alguna tras muchos años/décadas desde su lejano visionado, me reafirmo en ello. Y aquí tenemos otro caso: La cárcel de cristal, la segunda película como director de Julio Coll (que ya arrastraba una buena carrera como guionista antes de saltar a la dirección), realizada en 1956 y que no tiene tanta fama como las posteriores, quizá por no pertenecer al cine negro –que practicó con cierta regularidad y le hizo ganar muchos fans– ni al social –que también frecuentó–. Pero de hecho, La cárcel de cristal es un melodrama filmado como si fuera cine negro (no soy el único en creerlo así: en la presentación a la película, emitida hace poco por un canal televisivo local, se afirmó eso mismo).
La película nos presenta a Verónica Larios (notable Josefina Güell, actriz que tuvo una importante carrera teatral, y que me temo pocos conocerán o recordarán hoy día), una actriz de teatro casada con el actor y director Julio Togores (Adolfo Marsillach, él mismo actor y director en la vida real). El film comienza justo cuando cae el telón la noche del estreno del drama La orgullosa (el título de la función no es baladí: está en consonancia con la propia Verónica), que significa su revelación y triunfo como actriz. Pero para ella eso no es más que el primer paso de una ambiciosa carrera; a través de los diálogos con su marido y de lo que el resto de actores de la compañía comentan, sabremos que su matrimonio con Julio ha sido una manera de escalar posiciones en el mundo del teatro, despechada por considerarse ninguneada tras un éxito inicial en el teatro clásico. Julio, por su parte, ama sinceramente a Verónica, pero la ambición de ella pone en peligro su matrimonio, un matrimonio, según se queja Julio, prácticamente inexistente.
Y cuando todo está a su favor, cuando ha conseguido lo que más ambicionaba –le ofrecen interpretar un clásico en el Teatro Griego de Montjuic–, un accidente automovilístico ocasionado por su temeridad al volante (Julio le ha dicho poco antes que conduce el coche con la misma ansia que trata de llevar su carrera artística), la deja con una enfermedad incurable: va a quedarse sorda en pocas semanas. Y ahí es donde empieza la verdadera superación de Verónica. Pues si antes se esforzaba en superarse en su carrera como actriz, yendo lo más rápido posible, ahora esa lucha es simplemente para vencer esa dificultad de su sordera y seguir en escena, apoyada en todo momento por su marido; se oculta lo que le ocurre a sus compañeros y a la prensa, aunque con poco éxito, porque el resto del reparto de Medea –la obra que debía interpretar en el Griego– pronto caen en la realidad de lo que le pasa. Con la entregada y abnegada ayuda de Julio –que no quiere que se hunda emocionalmente y que sabe lo que el teatro representa para ella– intentará vencer su incapacidad e interpretar en la escena, aprendiendo a leer en los labios de los actores y de su marido. Momentos antes del estreno en el Griego, tiene un ataque de pánico, ve toda su vida arruinada, su carrera perdida, se da cuenta de que ha casi arruinado su matrimonio, y su propia vida, por su desmedida ambición de triunfo. Tras una huida inicial, regresa al teatro y empieza la función, recibiendo al aparecer el aplauso enfervorizado de un público que ignora su incapacidad, un aplauso que ella ve pero no puede oír. Finalmente, Verónica emerge como un ser humano muy distinto del que era al principio de la película, alguien que se ha superado a sí mismo, humanamente.
Es cierto que se podrían poner algunos reparos a la historia, pero toda ella está filmada con una convicción absoluta, con una profesionalidad admirable que rehúye alardes y lo confía todo a los encuadres, al montaje, a la planifición de las escenas (me llama la atención el extraño momento hacia la parte final de la película, en que vemos a Verónica en lo que parece un escenario teatral, y al moverse descubrimos que en realidad es un teatrillo portátil que sostiene Julio en las manos antes de dejarlo sobre un mueble: ¿es una manera sutil de indicar que la vida de Verónica está encerrada en un teatro, y no existe otra vida para ella fuera del escenario? Posiblemente). Elogiar, finalmente, la labor de todos los actores en una película cuya fuerza reside en su sobriedad.

 

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GALERÍA DE MUJERES (74). JUDY-LYNN DEL REY: (pequeña gran) Editora de ciencia ficción

(c) 2011 by J.C.Planells

Es evidente que cada aficionado a la ciencia ficción tendrá su opinión personal respecto a la línea de libros que Judy-Lynn Del Rey promovió tras afincarse en Ballantine Books, de donde llegó procedente de la revista Galaxy. Es lo que pasa con los editores de ciencia ficción que ha habido en las editoriales americanas: Donald A. Wollheim (DAW Books) o Jim Baen (Baen Books), por ejemplo. Judy-Lynn y su esposo, Lester Del Rey, crearon el sello Del Rey Books para Ballantine, y, desde luego, se puede decir que como más prestigioso que los dos mencionados sí lo era (también está claro que Wollheim y Baen se lo pusieron fácil debido a sus gustos, el uno adentrándose en la fantasía más adocenada y una ciencia ficción muy poco lustrosa, y el otro en la de corte bélico y militarista; incluso cuando publicaban buenas novelas o autores, era imposible separarlos del marchamo que ya se habían creado).
Del Rey Books fue otra cosa, y además contaba con el beneplácito de Ballantine Books, importante editora que tenía un prestigio que las ediciones de bolsillo Daw Books y Baen Books jamás pudieron tener, y ni siquiera Ace Books, más selecta que estas dos, tampoco. Pero, ¿quién estaba detrás de Del Rey Books? ¿Quién transformó Ballantine en los años setenta y, como consecuencia el mercado editorial de ciencia ficción? Judy-Lynn Del Rey, una mujer de apenas treinta años en aquel entonces, proveniente del mundo del fándom, casada con un escritor de la era clásica del género: cuando en 1971 Lester Del Rey (1915-1993), que ya había enviudado tres veces, contrajo matrimonio con Judy-Lynn Benjamin, algo cambió para siempre en el mundo de la edición de libros de ciencia ficción y fantasía.
Hay muchos motivos para estudiar la figura e influencia de Judy-Lynn Del Rey, y para que se incorpore por derecho propio a esta serie.
Judy-Lynn Benjamin había nacido en Nueva York en 1943. Moriría en 1986, a los 43 años de edad. El lector no debe sorprenderse de su prematura muerte: Judy-Lynn padecía acondroplasia (una variedad de enanismo que ocasiona fuertes dolores a quien la padece). Ello no la impidió tratar de llevar una vida lo más normal y activa posible. Aficionada de muy joven a la ciencia ficción, asistía a convenciones del género, donde la presencia femenina por aquellos tiempos no era muy habitual, ni siquiera en Estados Unidos. De los aficionados surgen los profesionales: en 1965 –con solo 22 años–, Judy-Lynn ya estaba trabajando en la revista Galaxy, una de las mejores del género, y en 1969 asumía las funciones de asistente del editor, lo que significaba tratar directamente con los más importantes escritores, a los que incluso suministraba ideas para sus historias (Asimov así lo reconoce en sus memorias). Como queda dicho, se casa en 1971 con Lester Del Rey (casi 28 años mayor que ella) y entra en Ballantine Books en 1973, ejerciendo el cargo de editora de ciencia ficción, relevando a Lester, quien pasa a ocuparse de las novelas de fantasía (lo cual no deja de ser curioso, siendo Lester Del Rey un autor encuadrable en la ciencia ficción dura). Poco después surgen los sellos Del Rey SF y Del Rey Fantasy, procurando en este último ofrecer al lector una nueva forma de fantasía comercial, dinámica y de aventuras, con autores nuevos y títulos, que resultó innovadora en aquellos momentos. A Judy-Lynn Del Rey y a Lester se les achaca en buena parte el auge comercial que la fantasía experimentó entre los lectores a partir de mediados de la década de 1970 (para bien y para mal, ya lo he dicho al principio). Aunque era Lester quien se encargaba de la parte de fantasía y Judy-Lynn de la ciencia ficción, para el público en general todo parecía recaer en ella, y siendo un matrimonio era muy posible que Lester le consultara respecto a muchas obras que ofrecía el sello Del Rey Fantasy. Y así sucedió que Del Rey Science Fiction y Del Rey Fantasy están unidos permanentemente al boom de autores como Piers Anthony (que estaba vetado en Ballantine Books por el anterior editor de fantasía, Lin Carter), Jack Chalker, Larry Niven o Anne McCaffrey. En Ballantine, durante el reinado de Judy-Lynn, no solo se ofreció una ciencia ficción nueva y comercial, con marchamo de calidad y dignidad, sino que se recuperaron títulos de autores ya conocidos, reeditados por ellos. Además de eso, Judy-Lynn trabajó estrechamente en novelas de autores como Philip K. Dick (quien siempre reconoció lo mucho que Judy-Lynn ayudó y le orientó en la redacción de Una mirada a la oscuridad) o Isaac Asimov. Judy-Lynn, además, prepararía las antologías anuales Stellar, con relatos inéditos seleccionados y presentados por ella, publicadas a partir de 1974 (alguna de ellas, como la excelente Umbral cósmico, apareció en castellano en la colección de Luis de Caralt Editor a mediados de los años setenta; y no está de más señalar que el sello Ballantine-Del Rey Books es uno de los pocos que hicieron un contrato con una editorial española para que editaran algunos de los libros de Ballantine durante un breve tiempo: Edaf, en su colección de los años setenta, respetando incluso las portadas originales).
La influencia de Del Rey Books con sus líneas de ciencia ficción y fantasía fue tal que de inmediato el resto de editoriales se lanzaron a promover una ciencia ficción (y fantasía, ay) de mayor calidad y calado. DAW Books y Baen Books quedaban como los parientes pobres del género, y sellos como Ace Books, Tor Books, Spectra y otros, estimulados por los éxitos de Ballantine y Del Rey Books, compitieron con ella en calidad, autores y títulos. Algo había cambiado en el género, de repente. Luego, vendrían más cambios, naturalmente, pero se habían subido unos cuantos escalones de golpe en cuanto a impacto comercial, difusión y acercamiento al público.
En 1985, Judy-Lynn sufrió una hemorragia cerebral, y murió al año siguiente. En palabras de John Clute, “a su muerte, Judy-Lynn se había convertido en la figura dominante en el campo de la ciencia ficción y la fantasía en Estados Unidos“. El empuje y tenacidad de esta mujer sorprendió a algunos, máxime en un mundo como el editorial, y el de la ciencia ficción principalmente, absolutamente dominado por los hombres desde que Hugo Gernsback publicara la primera revista del genero (ahora la presencia de la mujer en el mundo editorial de ciencia ficción y fantasía es algo habitual: ¿cuánta responsabilñidad tiene Judy-Lynn en ello? Yo diría que bastante). Alguien ha llegado incluso a preguntarse cómo fue posible que Judy-Lynn lo consiguiera si, estando de pie, su cabeza ni siquiera llegaba a la mesa cuando visitaba los despachos. Había quienes, no conociéndola en persona e ignorando su condición de enanismo, sufrían un shock cuando se encontraban con ella para una entrevista o una charla profesional.
Tras su muerte, se le concedió el premio Hugo de 1986 a la mejor labor editorial profesional. Lester Del Rey, ahora su viudo, lo rechazó en su nombre, considerando que ella, Judy-Lynn, no lo hubiera aceptado; es una decisión discutible, pero, ya se sabe, los premios deben darse en vida, no deprisa y corriendo cuando ya no está el interesado. Y así, Judy-Lynn, la editora que cambió el género, se hermana en cierta manera con Catherine L. Moore, la primera mujer que escribió en revistas de ciencia ficción (de la que ya he hablado en un capítulo anterior de esta serie), y que, premiada tardíamente, tampoco pudo recibir su premio honorífico.
Isaac Asimov recordaba en sus memorias lo extraño del humor de Judy-Lynn, que le descolocaba las más de las veces, las bromas inesperadas que gastaba a sus autores y amigos. Sin duda era otra forma de superar, de sobrellevar –además de su entrega en el trabajo– su penosa condición física. Los gustos personales de Judy-Lynn respecto a la ciencia ficción los dejó claros en una entrevista de 1975: le desagradaban las novelas como Dhalgren (comentada hace tiempo en este blog) y dejaba claro que: “Ya hay suficientes problemas en el mundo, y la gente ya está bastante deprimida. No necesita que nadie le diga que hay polución, porque sólo necesita mirar por la ventana. No es necesario que la ciencia ficción te lo diga”. En cualquier caso, gustos personales aparte, su labor en el género tuvo una gran influencia, cambió en buena parte del mundo de la ciencia ficción y la fantasía en los años setenta, y lo consiguió pese a tenerlo todo en contra: ser mujer, padecer acondroplasia, y estar constantemente con dolores. Su caso es, ciertamente, único y admirable: pequeña en tamaño, grande en tenacidad, capacidad de trabajo y visión de futuro. A veces los gigantes pueden no parecer que lo son.
 
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